lunes, 25 de junio de 2012

Quiero y no quiero ser padre

De los hijos no te puedes librar aunque no los tengas. Llegada cierta edad, pongamos los 30 años, empieza todo a girar de un nuevo modo. Comienzas a elegir un bando: ¿eres de los que sí o de los que no? En ambos casos piensas en ello. De la paternidad no te escapas, aunque vayas de moderno. De las preguntas, tampoco. A cierta edad los hijos o su ausencia se convierten en un tema de conversación. Y los padres y no padres (ni siquiera existe una palabra propia que nos definiría) conviven, cada uno con sus miedos, sus rutinas y sus miradas de curiosidad mutua
.Los hijos marcan, pero también su inexistencia. Hay quien ha encontrado nuevos amigos entre los papás de la guardería. Hay quien los ha perdido porque no aguanta el alboroto de una casa de peluche y pataleta. Hay parejas que se unieron gracias a un bebé-bálsamo: enfocados en un tercero dejaron de estar obligados a quererse entre ellos. Otros amores acabaron porque uno de los dos no quería columpio  en el jardín, que dijo Sabina. Hay quien llora porque el embarazo le ha arruinado la vida y quien llora cada 28 días porque las braguitas vuelven a estar manchadas. Otros forman familias felices. Y otros miramos cómo se perpetúa la especie desde la barrera, satisfechos con la incertidumbre (si exceptuamos los domingos por la tarde) de una vida sin anclajes familiares. Hay quien ve egoísmo solo en este último grupo. Yo no. ¿Y tú?

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