viernes, 25 de mayo de 2012

Liliput

El suntuoso sistema ecolítico que nos gobierna (económico + político) ha aplacado durante años las críticas de los ciudadanos, que jugaban con sus tiernas hipotecas sin preocuparse del gigante. Hace un tiempo, no demasiado, que esa ciudadanía se está quejando o “expresando el malestar”, que es el eufemismo político para decir que ya se han despertado los lilliputienses. Son la mayoría, pero son muy pequeños. Después de dos años de recortes, estos enanos son conscientes de que su tamaño sí importaba y de que no tienen un plan. Se han dado cuenta de que los escalones del Congreso son demasiado altos y las piernecitas no les alcanzan. Que por mucho que griten su queja se agota y desfallece antes de llegar a un solo oído. Y ahí empieza la rueda de frustración y enfado.

Esa indignación es una queja líquida que ya alcanza las casas, las plazas, las webs, los tuits y las charlas entre pastores. Hay un runrún pastoso y negativo que nos está contagiando. Todos tenemos una opinión airada para todo. Todos somos economistas. Hay quien ve el fin del mundo, quien tiene la receta para el fin de la crisis y quien prevé el futuro. El Financial Times hace un editorial sobre España y le ponemos velas. Habla un ministro y a los 20 segundos ya sabemos qué rebatirle. Ahora que no hay casitas nos están haciendo jugar a ser ciudadanos indignados y libres. Nos dejan prender fuego a todo quizás con la secreta esperanza de que nos quememos. La indignación, como la innovación, no es un valor positivo en sí mismo. La hay buena y la hay mala. Para que sea una indignación positiva necesita reflexión y acción, como se ve en algunas asambleas o en algunas casas o en algunos libros, porque la sola indignación consume energía y se come el pensamiento. Hoy se habla mucho de detenciones, de policía, de porras. Y Gulliver se ríe a carcajadas.





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