martes, 19 de abril de 2011

Quejarse, indignarse... y no mover un dedo

El escándalo Telefónica pone la guinda a esta nueva modalidad de capitalismo devorador en el que vivimos, en el que se socializa el gasto y se privatiza el beneficio. Desde que se conoció la noticia de los despidos en plenas ganancias récord hay una especie de calentamiento global en los bares, en las tertulias, en los patios de vecinos. Todos hablamos de ello con indignación y aspavientos. Un minuto después hablamos del fastidio de que llueva en Semana Santa.
Mientras gruñimos en voz baja de camino a casa, o tomando una caña con los colegas, los jefes de Telefónica nos observan desde sus sillones de piel de las últimas plantas de los rascacielos donde trabajan. Algunos esbozan una sonrisa y dicen “tranquilos, ya pasará”, porque saben que el runrún de la queja no subirá a grito en el cielo, se quedará en las aceras y se lo tragarán las alcantarillas. Ni mucho menos alcanzará el parqué y los escritorios de roble de sus despachos. Pueden estar tranquilos porque, además, en España ni siquiera se convocan referéndums para oír a los ciudadanos como se hace en Islandia.
¿Por qué somos capaces de echarnos a la calle en el Mundial y no ante los abusos? ¿Reaccionamos ante asuntos que nos tocan el corazón, pero nos quedamos paralizados si nos tocan la cabeza o el bolsillo? Podemos esperar con cierta ingenuidad que el mundo funcione mejor por iniciativa propia. Pero mientras sigamos instalados en la pereza, los poderosos seguirán su camino, porque saben que somos domésticos y ellos, inmunes.

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