jueves, 28 de abril de 2011

Me he casado

Me casé hace un tiempo conmigo. Fue una ceremonia sencilla, sin flores y por lo criminal. No confío en los curas para estos menesteres ni me creo sus consejos ni sus doctrinas matrimoniales, porque ellos conviven con Dios y, claro, Dios no mea fuera ni limpia los ceniceros con el estropajo de la vajilla. Así cualquiera da sermones.
Me decidí a contraer matrimonio conmigo porque más o menos nos entendemos, nos queremos, nos llevamos relativamente bien y casi siempre coincidimos en lo que nos apetece hacer. Nos cae bien o mal la misma gente, y eso facilita mucho las relaciones sociales y las salidas. En la cama funcionamos. No tengo suegros y además estoy seguro de que no me la pega con otras.
Yo diría que en líneas generales nos va bien. A rachas. Tenemos nuestras crisis, como todos los que viven juntos. A veces no le perdono que fracase, y le fustigo de más si mete la pata. También sucede que me impaciento con el (desde que nacemos estamos exigiendo que las cosas sean ya, aquí y ahora: por ejemplo, un biberón a berridos, que nos hagan caso nuestros amigos cuando los necesitamos, que nos reconozcan nuestros méritos…). Me deja de piedra de vez en cuando (¿desde cuándo le gusta cantar?, ¿cuándo empezó a interesarle la literatura?). A veces me pone excusas, puro blablabla, que si yo no lo hice por eso, es que me encontraba mal, yo no quería… No le sirve de mucho, enseguida le pillo.
Pero de repente sucede que hay una tarde silenciosa, y un licor, y un libro o unas risas con amigos. Hay un bienestar en el estómago… Y es suficiente para reconciliarnos.
Mis amigos felizmente casados con terceros suelen quejarse de que la convivencia es dura. A veces nos olvidamos de que empieza por uno mismo.

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