jueves, 17 de febrero de 2011

Quedan pocos especímenes asi


Estos días que ando enfermo con un catarro de cuidado, he tenido tiempo de consumir bastante cine. Lo mejor que he visto ha sido "Lemmy, the movie", un documental que trata de acercar al espectador la figura de una de las leyendas del rock'n'roll: Lemmy Kilmister, bajista, vocalista y líder de Motorhead.
A través del testimonio de músicos como James Hetfield, Alice Cooper, Slash o Dave Grohl se dibuja la rocosa personalidad de un tipo que ha follado, bebido y consumido más drogas que tú y todos tus amigos juntos en varias vidas. El autor de Ace of Spades, al que se le puede encontrar siempre en el mismo bar de Los Angeles bebiendo Jack Daniels con coca cola y jugando a la tragaperras, es probablemente una de las últimas estrellas del rock a la vieja usanza. Un mito viviente que destila autenticidad y carisma por los cuatro costados. Y sin embargo, uno se pregunta si el mito de Lemmy no se merendó a Ian Fraser Kilmister.
No debe ser fácil vivir con los pies en la tierra cuando todo el mundo a tu alrededor lame el suelo por donde pisas. Valga como ejemplo una frase de Dave Grohl extraída del propio documental: “Si hubiese una hecatombe nuclear los únicos supervivientes serían las cucarachas y Lemmy”. Así, el grueso del documental consiste en una sucesión de halagos desmedidos hacia su persona y lo inabarcable de su legado. Todo el mundo quiere caerle bien a Lemmy. Todos quieren estar cerca de Lemmy. En el fondo, todos quieren ser como Lemmy. Él simplemente lo es. Y mientras todos se preguntan cómo lo hace, él pide otro Bourbon Cola. No hay impostura. No hay trampa ni cartón. Sólo una persona convertida, desde hace ya mucho tiempo, en su propio personaje.
Más allá de la reflexión sobre el estrellato, "Lemmy , the movie" es un documental altamente recomendable y entretenido a más no poder, a pesar de sus casi dos horas de metraje. Tiene momentos impagables, como las confesiones junto a su hijo o cuando abre las puertas de su colección de todo tipo de objetos -especialemente militares-, en una especie de obsesión por la acumulación cercana al síndrome de Diógenes que dejaría en ridículo a más de un museo. Sirve, además, para volver a reivindicar (si es que hiciera falta) a una banda fundamental en la historia del rock, el punk y el metal. Y cuando llegan los títulos de crédito, el espectador se queda con la sensación de que, a sus 65 castañas, el bueno de Lemmy ha logrado cimentar su leyenda a base de honestidad, amor por el rock and roll y toneladas de speed.

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